No te rías del cielo clari-rojo de la tarde, ciudad.
Ningun edificio podra ocultar tan magnífico espectáculo
sin sangrar nubes con sus antenas.
Parpadeantes luces aparecen,
imitando las estrellas;
rojas, blancas y amarillas enseguecen los astros.
Cientos de aviones migran por ensima,
simulando ser fugaces seres iluminados,
que, rapaces, rasgan el firmamento
con garras de turbina y dientes de petróleo.
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